Apuntes para un debate acerca del ser maestro/docente/profesional…
Por la maleta no se
conoce al pasajero

En la jerigonza popular se adula el aforismo: “Por la maleta se conoce el pasajero”. A decir verdad, a un pasajero no se le puede conocer por una maleta, máxime si la maleta es prestada, simplemente se podrá interpretar e hipotetizar espontáneamente qué arquetipo de persona la trasporta, lo demás es especulación, salvo que haya una interrelación con ese sujeto que posibilite su conocimiento, ahí habrá una aproximación

Por: José Israel González Blanco
Aunque este artículo no pretende ahondar en las profundas aguas de la antropología cultural, si quiero valerme de los componentes de esta proposición para arriesgar una reflexión acerca de la discusión que ronda la mente y el corazón de algunos educadores, estereotipados por los dos estatutos docentes.

En un artículo anterior de este magazín, sostuve que los educadores no somos pasajeros sino viajeros, porque lo primero implica sedentarismo, lo segundo atañe a la actitud de ser nómada y debido a que en los dos casos juegan su rol la heteronomía y la autonomía. Pese a que mantengo mi postura, recurro a la expresión de pasajero para significar la travesía del magisterio por una senda no determinada por el gremio, sino por las circunstancias históricas de unos modos de producción y por las dinámicas sociales agenciadas por esas estructuras, pero que en todo caso nos permiten instalar la discusión con mayores elementos.

En el Magazín 62 y en un artículo reciente publicado por otro medio de difusión impreso, hago alusión a la situación de la salud mental y a las condiciones sicosociales generadas por la implementación de la Ley 715 y específicamente por el decreto 230 de 2002. Para nada insinué el nuevo estatuto de profesionalización docente, como si lo hago ahora, pero para desentrañar algunas tensiones que se auscultan entre los colegas a partir de la promulgación del decreto 1278 de 2002, sin descartar las implicaciones en la salud física y mental que ello acarrea.

Las Condiciones salariales y prestacionales. Antes de los estatutos docentes, socialmente gozábamos de mayor estatus, no obstante los silencios obligados, las urgencias lloradas (Martínez B. y otros, 77) y las adversidades salariales y prestacionales legitimadas por el Estado, nuestro empleador. Una suerte distinta corrimos con la emergencia de la organización sindical (FECODE en 1962), la práctica del cooperativismo y por esa vía la consecución del Estatuto docente en 1979, hoy en vía de extinción por “sustracción de materia”. Los dos últimos decenios del atardecer del siglo XX nos permitieron disfrutar del sol radiante que no nos alumbró ni en la mañana ni al medio día del mismo siglo. He ahí uno de los reproches que hacen los colegas regentados por el 1278, porque ese sol lo eclipsó el modelo neoliberal. Pero esta tensión no es la sustancial en la discusión, pese a ser importante, es apenas uno de los componentes, que nos debe llevar a sobrepasar el eclipse, es decir, a consensuar que el problema no es entre nosotros sino de un gremio contra el empleador que encarna un modelo político-económico contraproducente al crecimiento de la nación y que nos mantiene sumidos en el atraso, la dependencia, la violencia, la pobreza y la miseria.

Ser maestro, docente o profesional. Irónicamente el Estatuto de 1979, pese a apellidarse docente, no define al docente como tal sino como educador, precisando que el educador es el orientador en los establecimientos educativos, de un proceso de formación de enseñanza y aprendizaje de los educandos, acorde con las expectativas sociales, culturales, éticas y morales de la familia y la sociedad. El 1278 sí abraza la expresión docente para determinar a las personas que desarrollan labor académica directa y personalmente con los alumnos de los establecimientos educativos en su proceso enseñanza aprendizaje. El concepto de maestro y el de pedagogo o pedagoga no tiene lugar en la norma, porque es del dominio de la cultura pedagógica, del discurso pedagógico, del estatuto de la pedagogía y de la praxis. La noción de maestro está muy ligada con la religión católica y con la fábrica. Lassalle quería que el maestro fuera cura y artesano, un ser espiritual y un ser laborioso. El concepto de maestro estaba articulado al oficio, a la manufactura, al taller y a la construcción manual de las partes. Hoy por hoy, en nuestro equipaje cultural aforamos esa mirada, tratamos de exhibirla, protegerla e implementarla, sin embargo, las nuevas relaciones económicas, tecnológicas y políticas nos la están arrebatando.

El maestro como docente, al decir del profesor Quiceno (2006, 39), es un concepto que surge en el momento en que nace la profesionalización y se requiere organizar la enseñanza según las normas del trabajo productivo industrial. El docente es un sujeto producido por fuera de su realización con el trabajo y de eso se ocupa la educación, entendida como disciplina, conocimiento o ciencia. Es reconocido a partir del saber que transmite, no por el oficio ni por el método, herramienta fundamental del maestro artesano. Puesto en términos de la genética, para la sociedad la pedagogía pasa a ser recesiva mientras que el conocimiento disciplinar es dominante. De ahí las nuevas denominaciones: profesor de Matemáticas, de Biología, de Química, Microbiología, Didáctica, Derecho, Sociales, y así sucesivamente. El ejercicio de la docencia universitaria es el ejemplo más expedito, se demandan hombres y mujeres que manejen un conocimiento, así no sepan pedagogía, incluyendo a los formadores de licenciados. Al parecer esa práctica es la que ahora se extiende a la Educación Básica y Media, pues además de los licenciados y normalistas -apunta el estatuto-, pueden ejercer la docencia “los profesionales con título diferente, legalmente habilitados”

De la vocación y la necesidad del empleo. Las concepciones acerca del ser maestro y ser docente dentro de un contexto socioeconómico y político, permiten comprender el estatu quo que la sociedad y el Estado nos ha otorgado a la largo de la historia y la actitud nuestra frente a los acontecimientos. Hay investigaciones que señalan a nivel de Latinoamérica, que algunas personas que ejercen la docencia lo hacen como segunda opción, dado que, por variadas circunstancias, no pudieron acceder a otra profesión o no lograron conseguir otro trabajo. En la cualificación pedagógica de los profesionales que están ingresando a la educación se ha encontrado, de una parte, que su profesión, por la misma naturaleza, no les ha permitido una realización personal y por ello quieren ser docentes. De otra, que los ajustes del mercado, la globalización, la precariedad tecnológica y empresarial no les ha permitido vincularse laboralmente y por ello recurren al magisterio, amparados en el nuevo estatuto docente.

En los dos casos, estos nuevos profesionales muestran una sed de conocimientos por la pedagogía y una religiosidad por el ejercicio de la docencia, son juiciosos, receptivos y hasta aceptan la desigualdad de oportunidades como algo propio en una sociedad de mercado. Aquí es donde los maestros y maestras del estatuto anterior, que aún gozamos de relativa estabilidad laboral y que contamos con un bagaje pedagógico y con amplia experiencia en la enseñanza, en la organización gremial, institucional y comunitaria, tenemos un compromiso ético y político con estos colegas para ayudar a elevar en ellos y ellas sus deseos, sus conocimientos y esperanzas. En el periodo de la restauración católica en Colombia (1886-1930), Martín Restrepo Mejía decía: “El hombre será lo que sean sus maestros”; Agustín Nieto Caballero, pedagogo de la llamada República Liberal, sostenía: “La sociedad será lo que sean sus maestros”; y en el ocaso del siglo XX y en la aurora del Tercer Milenio el polémico e insoslayable profesor Antanas Mockus, sostiene “el ciudadano será lo que sean sus maestros” (Saldarriaga, 2003, 261).

De lo expuesto hasta acá, se colige que el maestro que contemplaba y reflexionaba su existencia y por eso diferenciaba lo que pensaba y lo que hacía, entró como docente, a cumplir una sola función: trasmitir la información que se producía en el exterior al interior y a convertir las representaciones endógenas en sistemas de identificación para todos. Dicho de otro modo, el maestro que trasportó por siglos el equipaje de la Paideia en sus hombros, ha sido sustituido por el profesional formado a la imagen y semejanza de la industria y de la economía. El Georges Perros que llegaba el martes por la mañana al salón de clase en su oxidada moto azul, desgreñado por el viento y por el frío, encorvado, dentro de un gabán marinero, con la pipa en la boca o en la mano, saludando y enseguida vaciando sobre la mesa un morral de libros donde trasportaba la vida y el método, ya no es, fue. Y ello nos debe conducir a pensar con más seriedad el sentido del ser maestro en un gremio fraccionado por las demandas de la industria, del mercado, de la globalización, las desigualdades laborales y por las endogamias culturales de las cuales habla Emilio Yunnis.

Referencias bibliográficas
Martínez Boom, Alberto y otros (1989). Crónica del desarraigo. Bogotá, editorial Magisterio.
Saldarriaga Vélez, Óscar (2003). Del oficio del Maestro. Bogotá DC, editorial Magisterio.
Quiceno Castrillón, Humberto (2006). El Maestro: del oficio a la profesión. Miradas críticas en: Revista Universidad de Antioquia. Separata. Medellín.
Yunis Turbay, Emilio (2004). ¿Por qué somos así? Bogotá DC: Temis.
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