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La biblioteca escolar como vehículo del goce por la lectura -I-
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La biblioteca escolar como vehículo del goce por la lectura -I-
El presente trabajo busca abordar el rol que le cabe a la escuela en el fomento del gusto por la lectura y a partir de esa plataforma, la formación de buenos lectores. Según nuestro enfoque la escuela ha descuidado el desarrollo del goce por la lectura a favor de la formación de lectores eficientes. Esta opción más bien utilitaria e instrumentalizada de la lectura privilegiada por la escuela, no permite generar fuertes hábitos lectores en los niños y niñas en etapa escolar. Se pretende reflexionar sobre las posibilidades con que cuenta la escuela para desarrollar en sus alumnos el gusto por la lectura, y desde esta perspectiva fortalecer la biblioteca escolar como un espacio intencionado para abordar la promoción de la lectura y fortalecer los hábitos lectores
Natalio Astroza Hurtado
– Chile-. Profesor General Básico.
astroaza@yahoo.com
La importancia de la lectura es una posición defendida desde todos los frentes de nuestra sociedad. Padres, profesores y autoridades, no ponen en duda lo conveniente que es la lectura y todos destacan los beneficios que acarrea cuando se transforma en un hábito arraigado.
Pero al profundizar en el tema, nos encontramos que no basta con entender y asumir los beneficios de la lectura, se trata de definir qué significa leer, en qué radica su importancia, cómo se logra ser un buen lector. Al desmenuzar el asunto hasta esta profundidad, nos damos cuenta que la lectura asume sin remedio posturas, y desde estas se aborda su promoción; no basta hablar de buenos lectores, sino que definir y más bien definirse frente al proceso lector: qué entiendo yo por buen lector. Una vez definida la postura desde la que se pretende levantar la bandera a favor de la lectura, se puede ir definiendo líneas de acción y políticas de promoción de la lectura.
En la actualidad, las ideas de lo que significa ser buen lector, muchas veces se confunden con las de un lector eficiente. La escuela principalmente tiene como objetivo el logro de habilidades y estrategias que desarrollen lectores eficientes o competentes, las cuales sea dicho de paso, son importantísimas. Pero será este el último nivel al cual la escuela deba conducir a sus alumnos; nos debemos limitar a generar lectores capaces de comprender en su totalidad un texto; es conveniente limitar el placer del texto a la satisfacción de comprender lo leído, estableciendo como fin de la lectura los planos instrumentales y formativos. O por el contrario la escuela, aprovechando las competencias que elabora un lector eficiente, se proponga despertar en los alumnos la necesidad de la lectura recreativa, es decir, distinguir en el placer lector el objetivo último del buen lector.
Es en este punto donde entra en juego la biblioteca escolar, como una opción válida de promoción de la lectura gozosa, placentera y recreativa, constituyéndose en un espacio vivo y activo en la formación de buenos lectores, amantes de la lectura, dispuestos a leer por el simple placer estético que la lectura produce, y de esta forma transformar a la lectura en un hábito arraigado en la cotidianidad de los alumnos.
El aprendizaje de la lectura
La escuela es considerada el lugar por excelencia para apropiarse de la lectura y la escritura. Es esta institución social, la encargada de “enseñar a los niños a leer”. Es en este punto que cabe formularse una pregunta clave ¿qué es leer?, ¿cuál es su finalidad, para que se aprende? Por lo general los profesores entendemos por leer la capacidad de comprender un texto, entender su sentido. Pero en la escuela esta definición, de lo que es la lectura, también tiene matices que se reflejan principalmente en la forma de abordar el proceso lector.
Tradicionalmente, la escuela ha entendido la lectura como un proceso donde lo prioritario es la decodificación alfabética, entendiendo esta habilidad como un fin en si misma. La lectura es considerada como un proceso de transferencia de significado que requiere que los lectores extraigan los significados de forma pasiva y literal del texto. Por lo general y como lo expresa Bettelheim (1990) “… el énfasis que se ejerce sobre los aspectos técnicos del aprendizaje de la lectura, obra en detrimento - destruyéndola a menudo - de la capacidad infantil de disfrutar de la lectura y la literatura…” (p 18), este tipo de planteamientos, junto a otros, ha permitido permear esta mirada tradicional y avanzar hacía posiciones más integradoras y menos mecánicas en la enseñanza de la lectura.
Para los nuevos enfoques leer es “atribuir directamente un sentido al lenguaje escrito…” (Jolibert, 1995, p 26). Se trata de un proceso de interrelación entre el lector, el texto y la búsqueda de significado, sin centrar el proceso en la decodificación. Es el lector quien interroga el texto, interactúa con el mismo y el contexto, permite que sus conocimientos y experiencias previas intervengan en la construcción de sentido, el lector busca el significado más allá de la información explicita (González et al., 1999).
Esta última opción intenta abrirse paso en la enseñanza de la lectura, pretende dejar de percibir a la lectura como un acto mecánico para abordarlo como un acto de pensamiento. Ahora bien esta nueva forma de percibir la lectura es incipiente en nuestra realidad, la educación chilena, ya que el peso de la tradición sigue muy presente en nuestras aulas. El siguiente cuadro presentado por Sánchez y Alonso (2003, p 17), nos permite visualizar con claridad las ideas fuerzas de estas dos concepciones sobre la lectura, la tradicional y la actual emergente.
Independiente de la perspectiva en la que se centre la escuela, se insiste que el fin último de esta es generar lectores eficientes o competentes, lectores que se apoyen en distintos saberes y competencias que le permitan extraer el significado o dar sentido al texto, es decir lograr comprender lo que leen.
Por otra parte muchos niños y niñas se apropian de la lectura a temprana edad y sin intervenciones formales, como las producidas en la escuela. Pero por lo general no se les considera como lectores, es decir personas que saben leer, hasta que logran superar los programas establecidos por las instituciones escolares. Estos niños y niñas se acercan a los libros de forma tangencial, atraídos por las historias, relatos e información que de ellos emanan. Es todo un mundo que se abre frente a ellos, la curiosidad transforma esos extraños signos leídos por un adulto, en palabras que transmiten mensajes y la necesidad imperiosa de apropiarse de ese mundo mágico y cautivante, hace que ellos poco a poco, gracias al descubrimiento libre y liberador den sentido al texto. Ellos abordan la lectura desde una perspectiva placentera buscando gozar de esta actividad.
He aquí una plataforma diferente para la promoción de la lectura, el placer por leer, es este el punto de partida que diferencia al lector eficiente del buen lector, o del enamorado de la lectura.
El placer de leer
Para algunos sujetos la lectura se transforma en una pasión, es más que un ejercicio utilitario, es fuente de vida, se transforma en una necesidad vital. Cuando la lectura alcanza estos ribetes se transforma en un hábito, bien lo expresaba Gabriela Mistral (1995)”…leer, como se come, todos los días, hasta que la lectura sea, como el mirar, el ejercicio natural, pero gozoso siempre. El hábito no se adquiere si él no promete y cumple placer…” (p 237)
Esta necesidad de leer, que por lo general comienza en etapas tempranas, irá generando el hábito que desencadenará el gusto por la actividad y la adhesión voluntaria y placentera del sujeto a la lectura. Lograr identificar cuales son las condiciones que gatillan este gusto por la lectura es muy difícil, ya que se trata de situaciones personales. El hábito lector y el gusto por la lectura tienen algo de irracional. Muchas veces el caldo de cultivo se encuentra en el hogar, en un profesor, en el libro prestado por un amigo, en una visita a la biblioteca o en una larga enfermedad donde los libros ayudaron a matar el tiempo. Son experiencias variadas las que despiertan la necesidad de leer. Un buen lector se hace, no nace por generación espontánea.
El gusto por la lectura se contagia, ¿Cómo se forma un lector? De la misma manera que un jugador de dominó o de ajedrez. La lectura auténtica es un hábito placentero, es un juego -nada es más serio que un juego-. Hace falta que alguien nos inicie. Que juegue con nosotros. Que nos contagie su gusto por jugar. Que nos explique las reglas. Es decir, hace falta que alguien lea con nosotros. En voz alta para que aprendamos a dar sentido a nuestra lectura; para que aprendamos a reconocer lo que dicen las palabras. Con gusto, para que nos contagie. La costumbre de leer no se enseña, se contagia. Si queremos formar lectores hace falta que leamos con nuestros niños, con nuestros alumnos con nuestros hermanos, con nuestros amigos, con la gente que queremos. Se aprende a leer leyendo. (Garrido, 2005. p 35)
El lector que fue contagiado por el amor a la lectura es el que se transforma en un buen lector o lector verdadero. Se trata de un lector en desarrollo constante, un lector en evolución permanente, dispuesto a vivir la experiencia placentera de la lectura. En rigor no deberíamos hablar de buenos lectores, solo de lectores, entendiendo la condición de lector como la del individuo que asume la necesidad de disfrutar de un libro. Lamentablemente toca hacer la diferencia con fines casi didácticos, ya que existen muchas ideas equivocadas de lo que es ser un buen lector, percepciones que destacan solo una función utilitaria de la lectura y no permiten avanzar en la búsqueda de la experiencia placentera que revierte la actividad de leer.
El buen lector
Toda persona que sienta placer por la lectura, que siente la necesidad de leer, todo aquel que lee impulsado por esa necesidad es un lector. Algunos han hablado de buen lector para diferenciarlos de las personas alfabetizadas que utilizan la lectura como una herramienta eficaz para desenvolverse en la vida. Pero en realidad son lectores, darles el título de buenos lectores nos lleva irremediablemente a aceptar que existen malos lectores, cuando el realidad sólo existen lectores, es decir personas que han logrados sensibilizarse frente al acto lector, por el contrario existen personas alfabetizadas que no han logrado esa capacidad.
Entrar a generar esa doble categoría de buenos y malos lectores nos haría reconocer criterios rígidos en cuanto al proceso de formación de un lector, y por el contrario entendemos este proceso como una experiencia flexible. Al clasificar entre buenos y malos estaríamos sin quererlo condicionando y negando lo personal de la experiencia placentera de la lectura. De esta forma, desde nuestro punto vista, existirían lectores y potenciales lectores.
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